Varios pensadores católicos actuales han expresado una crítica radical a la modernidad liberal. En los EE.UU. Adrian Vermeule propone un Estado al servicio de una única visión moral sustantiva y cuestiona la aspiración liberal a gobernar mediante el Estado de derecho; Michael Sandel contrapone el “egoísmo” del mercado al altruismo y la solidaridad, afirmando que los mercados globales corrompen la vida cívica (ver mi análisis acá), y Patrick Deneen culpa al liberalismo de romper los lazos sociales y promover un orden económico injusto.
Esas ideas tienen similitudes con una larga trayectoria intelectual que, a partir del siglo XIX, incluye a Donoso Cortés, Bonald, De Maistre y Schmitt. En la Argentina esa corriente estuvo representada, por ejemplo, en Julio Meinvielle, Leonardo Castellani, Alberto Ezcurra Medrano, Gustavo Martínez Zuviría y el periódico La Nueva República.
El filósofo Gabriel J. Zanotti analizó esas críticas propiciando un acercamiento entre el catolicismo y la modernidad liberal al distinguir entre la fe, verdad revelada, y las posiciones sobre sistemas políticos, que son materia científica. Si la fe guía nuestras acciones en base a valores religiosos, las ciencias investigan cómo diseñar instituciones y qué consecuencias tienen esos diseños, permitiéndonos comparar y elegir los arreglos institucionales más beneficiosos. La elección entre esos sistemas debe dirimirse en base a la evidencia histórica y científica.
En este contexto, mi objetivo es dar respuesta a quienes asocian una supuesta crisis global con el liberalismo, rechazan la neutralidad del Estado, y cuestionan la relación entre individuo y comunidad en la filosofía liberal (para una reciente expresión de esa postura ver acá).
1. ¿Crisis del paradigma liberal?
El paradigma liberal se articula en tres dimensiones fundamentales. En el plano económico, se basa en la propiedad privada, la libertad contractual, la libre iniciativa, los mercados competitivos, la seguridad jurídica y los límites a la interferencia estatal. En el plano político, se sustenta en el Estado de derecho, el gobierno limitado, la separación de poderes, la igualdad ante la ley y la democracia constitucional. En el plano jurídico, privilegia la autonomía individual, las libertades civiles (de conciencia, religiosa, de expresión, de asociación), y la protección de la esfera privada frente al Estado.
Las instituciones inspiradas en esas ideas han contribuido a mejorar las condiciones de vida en el mundo. Veamos algunos indicadores económicos y sociales globales tomados de Human Progress y Our World in data:
▪ La transformación tecnológica asociada al capitalismo permitió reducir los costos de producción, mejorar la productividad y las perspectivas de crecimiento económico. Hace 200 años, más del 80% de la población mundial vivía en la pobreza extrema; en 2023, esa cifra fue inferior al 9%.
▪ El sector energético experimentó una rápida innovación y expansión en todas sus formas. Consecuentemente, mejoró la captura de carbono, y la reducción de emisiones y contaminación.
▪ En materia de educación aumentó la alfabetización, disminuyó la deserción escolar y la IA está transformando el aprendizaje mediante tutores personalizados.
▪ Las innovaciones tecnológicas que reducen el trabajo doméstico mejoraron la calidad de vida de las mujeres. Además, la expansión del empleo remunerado proporcionó independencia económica y movilidad social.
▪ La modernidad amplió el Estado de derecho. Consecuentemente, la protección de los derechos humanos ha mejorado en todas las regiones. En 1789, 165 países admitían la esclavitud; en 2024 quedaban solo 9.
En resumen: se observa un avance global hacia mejores condiciones de vida, posibilitado por las instituciones de la democracia constitucional, el Estado de derecho y la economía de mercado, los tres pilares del paradigma liberal. Podemos inferir entonces que la supuesta crisis no resulta tal. Dicho esto, resta mucho por hacer para expandir esos logros, pero ello requiere afianzar el modelo liberal, no reemplazarlo.




2. Relativismo, dignidad y neutralidad moral
El liberalismo político predica la neutralidad estatal entendida como el igual respeto de las concepciones morales sin tomar partido por ninguna en particular. Oponer la neutralidad liberal a valores como la vida y la dignidad humana constituye un falso dilema, porque presenta como incompatibles dos perspectivas que no lo son. La dignidad humana es, precisamente, el fundamento moral de la neutralidad liberal al reconocer que toda persona está llamada a desarrollar su propia concepción de la vida buena en libertad.
En otras palabras, el liberalismo no es neutral respecto de la igual libertad y dignidad individual como fundamento del orden social. Este último es, justamente, el núcleo de las referencias culturales compartidas necesarias para poder vivir en la sociedad moderna. Por lo tanto, la neutralidad estatal es compatible con diversas posturas éticas en la medida en que éstas respeten ese fundamento. Esa compatibilidad no es sinónimo de relativismo, sino del pluralismo propio de una sociedad libre. El escenario opuesto – los choques culturales, la opresión, las guerras de agresión, etc.- son evidencia de una mentalidad iliberal residual y de la apelación a la fuerza o la imposición como herramienta política. Por el contrario, sólo la cooperación voluntaria entre personas libres al amparo de un Estado neutral ha logrado combinar – de manera limitada y con la imperfección propia del ser humano- el respeto por la dignidad y la justicia conducentes a la paz y la prosperidad.
3. Individuos y comunidades
Para los católicos críticos de los principios del liberalismo, éstos son ajenos o indiferentes a las necesidades humanas de comunidad y espiritualidad. El argumento ha sido repetido una y otra vez; sin embargo, quienes lo esgrimen nunca citan autores liberales que lo avalen. De hecho, textos liberales canónicos sostienen lo contrario, al resaltar cómo esas necesidades humanas pueden ser atendidas en un marco liberal.
En La teoría de los sentimientos morales, Adam Smith explica que la cooperación social no descansa exclusivamente en el interés propio; la simpatía hace posible que nos interesemos por los demás y ajustemos nuestra conducta a normas y expectativas compartidas. Además, opina que las creencias religiosas responden a necesidades humanas profundas y que la sociedad comercial puede coexistir con una pluralidad de instituciones religiosas.
En La Constitución de la Libertad, Hayek rechaza la falta de libertad porque impide a las personas hacer su mayor contribución posible a la comunidad, y reconoce el rol de las tradiciones religiosas en conservar el orden social.
En el apéndice al El Cálculo del Consenso, Buchanan examina y defiende las bases morales-religiosas de las relaciones sociales como una condición para el funcionamiento de una sociedad libre, y defiende en particular el aporte del cristianismo.
Más recientemente, D. Rassmussen y D. Den Uyl han hecho valiosos esfuerzos por vincular el liberalismo político y la ética aristotélica. A su juicio, un sistema político debe reconocer a las personas el derecho a desarrollar la vida moral que elijan por sí mismas, garantizando la libertad para hacerlo. La vida en comunidad, escriben, es un bien individualizado y relativo al agente, “por lo que no puede determinarse desde una perspectiva externa si una forma tradicional de comunidad es mejor para una persona que una forma alternativa”. Desde esa perspectiva, cuando el Estado pretende imponer una concepción determinada de la vida buena, desvirtúa la elección moral individual y el principio de igual dignidad y libertad al convertirla en una obligación jurídica general.
Si realmente aspiramos a una sociedad de personas virtuosas, debemos reconocerles la más amplia libertad para elegir y combinar el menú de valores a seguir en el desarrollo de su camino moral.
Conclusión
El liberalismo proporciona un marco de reglas adecuado para el desarrollo de los proyectos de vida de las personas. Ese marco es el gobierno limitado y el libre mercado, que son perfectamente compatibles con el catolicismo. Es decir, los católicos pueden abrazar legítimamente las más amplias libertades políticas, sociales y económicas sin renunciar a sus ideales morales y espirituales. Así lo reconoció el Concilio Vaticano II.
La relación entre Iglesia y modernidad liberal debe ser examinada, otra vez, para volver a celebrar los puntos de encuentro señalados por el concilio. La visión católica y el liberalismo comparten afinidades esenciales: la dignidad de la persona humana, fundamento de los derechos; la capacidad individual de un desarrollo moral libre; el deber estatal de respetar el ámbito de las elecciones privadas en esta materia.
Quienes cuestionan o rechazan la compatibilidad entre liberalismo y catolicismo, deberían ofrecer textos e indicadores concretos para justificar sus argumentos. Podrían, para comenzar, volver a leer los documentos del concilio. Sobre todo, deberían dejar atrás el “discurso decadentista” y detallar qué tipo de instituciones alternativas, no liberales, tienen en mente para organizar el orden social moderno. En tal sentido, concluiré citando el pertinente mensaje del profesor Joseph Heath a los católicos iliberales:
¡Enhorabuena! Han articulado muy bien su concepción preferida de la buena vida. El siguiente paso debería ser convencer a todos sus hermanos cristianos de la validez de la doctrina católica en ese punto, y después persuadir a los ateos, musulmanes, hindúes, etc. Una vez que hayan alcanzado el consenso, podremos empezar a construir esa sociedad ideal. Mientras tanto, necesitaremos algunos principios que rijan nuestras instituciones, ya que existen muchas oportunidades de cooperación mutuamente beneficiosa entre personas que discrepan sobre esas cuestiones. Si creen que tienen algo que aportar a esta conversación, que es de lo que todos hemos estado hablando, no duden en hacerlo.






