Las permanentes crisis económicas en nuestro país nos han llevado a pensar que salarios, tarifas, dólares, corralito, etc., son las grandes preguntas existenciales argentinas que, una vez resueltas, nos traerán la calma que tanto anhelamos, y que así volveremos a ser ciudadanos de un país “normal”.
Sin embargo, mientras discutimos a diario esos temas, muchos países de Occidente (que hace ya varias décadas se consideran a sí mismos países normales) están volviendo a discutir las viejas preguntas existenciales sobre el hombre y, especialmente, sobre cuál debería ser el modo de vida en un mundo de comunidades tan diversas.
Los desencuentros culturales, la inmigración masiva de las antiguas colonias, los nuevos conflictos bélicos y demás problemáticas empiezan a poner en duda si los beneficios que había traído el advenimiento de las ideas liberales y capitalistas a Occidente son tales y, en ese caso, si se podrán mantener en los años por venir.
Sin duda, la tensión global a la que nos arrastra la nueva administración de Donald Trump y sus guerras económicas y de tarifas no ayudan a que podamos percatarnos de que los problemas que se nos están presentando en el mundo y que marcarán a las nuevas generaciones están bastante lejos de circunscribirse a los temas económicos. La escalada en Oriente Medio por el control del estrecho de Ormuz y el petróleo, la tensión comercial con China y la guerra en Ucrania y sus reservas de minerales son solo algunas manifestaciones de esa distracción, que centran nuestras preocupaciones en cuestiones geoeconómicas de corto plazo. Soñamos que, una vez resueltas, todo volverá a una aparente normalidad y el mundo seguirá igual a como lo conocimos en las últimas décadas.
Sin embargo, para algunos, la visión es otra. En el “backstage” de esas cuestiones visibles se desarrolla un fenómeno mucho más profundo: una discusión acerca de la naturaleza humana, el sentido de la comunidad política y los fundamentos morales de la humanidad. Y es entonces que, en esta interpelación, resurgen cuestiones religiosas que parecían haber desaparecido en el mundo occidental (no así en Oriente) y vuelven a tomar protagonismo, sobre todo, inicialmente en Estados Unidos. En este contexto, no es casual que los cardenales reunidos en Roma hace ya algunos meses hayan elegido para ser la nueva cabeza de la Iglesia católica a un obispo de origen norteamericano.
Quizás ayude a entender el nuevo fenómeno un artículo del filósofo de la derecha norteamericana Patrick Deneen, A Catholic Showdown Worth Watching. Resulta particularmente interesante porque describe cómo parte de esa discusión atraviesa hoy al catolicismo norteamericano. En realidad, lo que sucede refleja una crisis más amplia del paradigma liberal contemporáneo que, aunque empieza a esbozarse en Estados Unidos, puede rebotar en todo Occidente y necesariamente también impactará en nuestro país, cuando la niebla del corto plazo logre disiparse.
Deneen sostiene en este artículo que el verdadero conflicto dentro del catolicismo estadounidense ya no enfrenta a “católicos liberales” y “católicos conservadores” (en términos políticos imperfectos: los demócratas y los republicanos), sino a dos concepciones radicalmente distintas sobre la relación entre cristianismo y liberalismo político.
Esta discusión, aunque presentada inicialmente en clave religiosa, trasciende ampliamente el ámbito eclesiástico. En realidad, abre el debate sobre una de las grandes cuestiones modernas: la supuesta neutralidad moral del Estado liberal. Para este pensamiento, un Estado no debe definir lo que está bien o está mal en asuntos morales que atañen exclusivamente a los individuos. Sin embargo, la tragedia inmigratoria de Ceuta está interpelando a los países de la comunidad en lo relativo a si esa neutralidad es sostenible o si el valor de la vida y de la dignidad humana vuelven al centro del debate en la busqueda de un bien colectivo que supere mi propio egoismo.
La modernidad política occidental se construyó sobre la idea de que el Estado debía abandonar toda pretensión de verdad moral o religiosa para garantizar la convivencia entre individuos libres y autónomos. La diversidad era tal que solo el relativismo moral garantizaba la existencia de la democracia. Sin embargo, hay muchos que sostienen que esta pretendida neutralidad es, en sí misma, una toma de posición filosófica. Un Estado que afirma no poseer fundamentos morales absolutos ya está adoptando una visión concreta sobre el hombre y la verdad, y define, sin duda, un tipo de sociedad. La pretendida neutralidad no elimina la moral: simplemente reemplaza una moral basada en determinados principios por otra basada en la autonomía individual y el consenso colectivo como valor supremo.
Deneen sostiene que este punto es central en la crítica formulada por el sector “radical” del catolicismo norteamericano. Para estos autores, el liberalismo y su cosmovisión son incompatibles con el pensamiento católico ya que, si bien poseen una pretendida neutralidad, en el fondo, defienden una idea específica de la naturaleza humana: aquella que afirma que el individuo es soberano, autónomo y está desvinculado de comunidades previas. Desde esta perspectiva, la sociedad es tan solo una asociación contractual entre individuos guiados por intereses y preferencias particulares, desanclados de toda pretensión de trascendencia y sin base alguna de principios que trasciendan el mero consenso.
Para estos autores, el liberalismo no fracasó porque se haya aplicado mal, sino porque tuvo éxito. Éxito en destruir el concepto de comunidad, de familia, y al generar enormes burocracias estatales y fortalecer a las grandes corporaciones.
La consecuencia de esta afirmación es relevante para definir numerosos aspectos de la vida contemporánea. El mercado toma centralidad y pasa a transformar toda relación en intercambio; la política se reduce a la administración de derechos individuales; y la cultura pierde progresivamente referencias comunes acerca del bien, la verdad o el sentido trascendente de la existencia.
Es entonces que, para algunos posliberarles de vertiente más religiosa, el Estado debe orientar la vida política hacia el bien común, no solo protegiendo libertades, sino también promoviendo virtudes. El vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance, posiblemente el candidato mejor posicionado para reempalzar a Donald Trump, es un fiel representante de esas ideas.
Resulta significativo observar hoy en día cómo resurgen debates filosóficos y religiosos que parecían temas del pasado. Como bien señalaba el papa Francisco en diversas alocuciones, la mirada vuelve sobre las identidades culturales, las tradiciones religiosas y las comunidades nacionales, que parecían olvidadas por una modernidad universalizante y despersonalizada. Una modernidad que prometió expansión individual ilimitada pero que, muchas veces, produjo aislamiento, frustración, vacío y pérdida de pertenencia. La riqueza económica no pareció traer la felicidad que prometía.
El arte ofrece un ejemplo elocuente de las contradicciones de esta concepción. Nadie compone música únicamente para sí mismo ni pinta un cuadro destinado a permanecer eternamente oculto. El acto artístico posee una dimensión esencialmente relacional: encuentra sentido en la alteridad, en el encuentro con otro que contempla, escucha o interpreta. Las expresiones más íntimas del espíritu, en donde se juega el sentido de humanidad, presuponen una comunidad.
Sin embargo, aquí emerge una de las grandes tensiones contemporáneas. Si el hombre necesita comunidad para realizarse plenamente, ¿cómo construir una comunidad política en sociedades crecientemente fragmentadas por diferencias culturales, religiosas y cosmovisionales profundas? El problema ya no consiste simplemente en administrar diversidad, sino en determinar si todavía existen valores compartidos suficientes para sostener una convivencia común.
Las sociedades actuales presentan desacuerdos profundos sobre cuestiones esenciales: la concepción de la familia, el sentido de la vida humana, la sexualidad, la religión, la autoridad, la identidad nacional e incluso la definición misma de verdad.
El problema migratorio en Europa profundiza aún más esta cuestión. La llegada masiva de poblaciones con tradiciones culturales y religiosas diferentes está modificando aceleradamente las matrices identitarias de numerosos países europeos. El multiculturalismo liberal suponía que individuos provenientes de distintas culturas podrían convivir pacíficamente bajo reglas neutrales comunes. Sin embargo, la experiencia reciente muestra que las identidades culturales no desaparecen fácilmente ni quedan confinadas al ámbito privado.
Nos preguntamos entonces qué mantiene unida a una comunidad política cuando sus integrantes poseen visiones irreconciliables sobre el hombre, la sociedad y Dios. ¿Podemos vivir en comunidad sin referencias culturales compartidas, e incluso con estas referencias en tensión constante? El debate contemporáneo ya no pasa por una cuestión económica respecto de cómo van a vivir aquellos que llegan en busca de progreso, sino sobre cómo van a hacer los países que quieran sostener una identidad nacional en riesgo. El idioma, la religión y las costumbres se convierten en barreras que la supuesta neutralidad estatal quizo alguna vez romper.
La modernidad había ofrecido un mundo sin pertenencia obligatoria, más allá de la que cada uno, en su libre albedrío, quisiera elegir para sí. Esto se tradujo en un debilitamiento de los lazos comunitarios, donde la religión se redujo al ámbito privado, y se concentraron todas las decisiones en el consenso ciudadano. Pero el consenso se hace complejo en un mundo multicultural y las personas finalmente se entienden mejor entre iguales. El extraño preocupa y da temor y es, en general, señalado –con razón o sin ella– como la causa de los males que acontecen en la comunidad.
Si para estos autores que menciona Deneen ya no es el liberalismo capitalista quien debiera ordenar el mundo con su antropología individualista, queda definir cuál sería una organización alternativa propuesta después de mas de 200 años de una ideología que se pensó eterna. De lo que no cabe duda es de que tenemos que encontrar una manera de vivir felices en una comunidad que nos incluya a todos y que nos genere adhesión voluntaria. Solo así podremos realizarnos plenamente como personas.






