En agosto se cumplirán 250 años de la muerte de David Hume, uno de los pensadores más influyentes de la filosofía moderna.
Una de las formas privilegiadas de acercarse al filósofo es a través de la lectura de sus escritos autobiográficos. Allí aparece, no solamente el pensador sino también el hombre, con sus crisis, sus entusiasmos, sus fracasos y, sobre todo, su inquebrantable pasión por la literatura y la filosofía. Estas no fueron para Hume simples ocupaciones académicas, sino que constituyeron el sentido de su existencia.
La “enfermedad de los sabios” y la pasión dominante de su vida
Cuando tenía poco más de veinte años, Hume escribe una carta autobiográfica, que la crítica posterior tituló A Kind of History of My Life (1734). La misiva (probablemente nunca enviada y escrita anónimamente) estaba dirigido a un médico (quizás George Cheyne o John Arbuthnot) y el tema principal de la carta era pedir consejos a quien consideraba un médico cultivado, de “grandes conocimientos más allá de los propios de su profesión”. La carta testimonia un momento decisivo en la vida del joven pensador. Luego de haber dejado la Universidad de Edimburgo a la edad de 14 años y después de haberse dedicado intensamente y durante un largo período al estudio autodidacta, Hume terminó profundamente agotado tanto física como mentalmente. Por ese motivo, consulta al doctor cómo vencer su debilitamiento para poder continuar con aquello que más lo apasionaba. Él mismo describe su situación como la “enfermedad de los sabios”, causada por el esfuerzo de construir una “nueva filosofía” basada en el método experimental. Detrás de ese exhausto trabajo se escondía el proyecto que más tarde daría origen a su obra fundamental, A Treatise of Human Nature (1739). El desafío que se proponía era considerable: desarrollar una auténtica “ciencia del hombre”, fundada en bases empíricas y capaz de poner en cuestión los supuestos metafísicos tradicionales de la filosofía.
David Hume escribió la carta juvenil en el momento que había tomado la decisión de alejarse por un tiempo de la vida intelectual, trabajando en actividades comerciales en Bristol, sin embargo, aquella experiencia duró poco tiempo pues, como menciona en ese escrito, siempre había sentido una “fuerte inclinación por los libros y las letras”. Por esta razón, ese mismo año abandona los negocios y viaja a Francia para dedicarse a la escritura del Treatise.
En su filosofía las pasiones constituyen el verdadero motor de las acciones humanas y, particularmente en su propia vida, la pasión por la filosofía y la literatura terminaron por desplazar cualquier ambición política o económica.
Décadas más tarde, poco antes de morir, Hume relata en su célebre autobiografía, My Own Life (1776), que durante la juventud su familia deseaba orientarlo hacia el estudio del Derecho. Sin embargo, nada le resultaba más tedioso que el estudio de las leyes y la lectura de Voet y Vinnio, mientras que encontraba un profundo placer en la lectura de Cicerón y Virgilio, autores que devoraba casi en secreto.
El fracaso inicial del Treatise
El filósofo escocés recuerda también en ese texto autobiográfico la decepcionante recepción de su gran obra juvenil. El Treatise había nacido “muerto en la imprenta”. Su elegante ironía reflejaba un hecho real, pues su trabajo había sido prácticamente ignorado o incorrectamente comprendido. Sin embargo, aquella escasa recepción no quebró su ánimo ni lo transformó en un autor resentido. Hume conservó un temperamento sereno y apacible, rasgo que evidencia la coherencia entre su filosofía y su propia vida.
A pesar del escaso éxito editorial del Treatise, no todos desestimaron la obra humeana. Entre quienes reconocieron su importancia se encontraba Thomas Reid, otra de las grandes figuras de la filosofía escocesa del siglo XVIII. Aunque Reid rechazaba los principios filosóficos de Hume, encontró en ellos una fuente decisiva de inspiración para elaborar posteriormente su original crítica a la teoría de las ideas.
Reid solía reunirse en Aberdeen con otros ilustrados, en los encuentros del Wise Club, para debatir sobre el pensamiento del filósofo de Edimburgo. Tal era la admiración intelectual que sentía por la obra de Hume que, en una de las cartas intercambiadas entre ambos llegó a confesarle: “Si dejáis de escribir sobre cuestiones de moral, política o metafísica, me temo que nos quedaremos sin temas sobre los que discutir”.
Ensayista, historiador y figura polémica
Aunque hoy se lo recuerda principalmente como filósofo, Hume alcanzó en vida un mayor reconocimiento como ensayista e historiador. Sus Essays tuvieron una aceptación mucho más favorable que sus trabajos epistemológicos. Sin embargo, su pensamiento estuvo marcado de manera constante por acusaciones de escepticismo y ateísmo. Nunca consiguió una cátedra universitaria, en buena medida debido a las sospechas sobre su supuesta falta de ortodoxia religiosa. Lo notable es que en My Own Life no hay rastros de amargura frente a esos rechazos. Incluso en medio de las controversias religiosas de la época, se mantuvo fiel a la decisión personal de no responder, salvo en contadas y justificadas excepciones, a las acusaciones lanzadas en su contra.
La serenidad ante la muerte
El final de su trabajo autobiográfico es, probablemente, la parte más conmovedora. Escribe el texto sabiendo que padecía una enfermedad terminal, sin embargo, con fortaleza expresa: “lo más extraño es que, a pesar del gran deterioro de mi salud, nunca he perdido el ánimo ni un instante.” Incluso en sus últimos días siguió disfrutando del estudio, la conversación y la vida intelectual: “Poseo el mismo ardor de siempre por el estudio y la misma alegría al verme acompañado. Considero además que un hombre de sesenta y cinco años, cuando muere se limita a cortar unos cuantos años de molestias; y aunque veo que muchas evidencias de mi prestigio literario empiezan a adquirir un brillo considerable, siempre tuve el convencimiento de que sólo dispondría de unos pocos años para disfrutarlo”
La carta de juventud de David Hume y su autobiografía final pueden leerse como el punto de partida y la culminación de un proyecto, concebido desde temprana edad y sostenido a lo largo del tiempo. Gracias a ese recorrido intelectual, nuestro filósofo logró realizar sus deseos más profundos y saborear, en los últimos años de vida, sus frutos.






