Este texto constituye la presentación del dossier del mismo nombre publicado en la revista Colección, vol. 37, nro. 2 (mayo-octubre 2026). Puede acceder al número completo aquí.
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En el célebre diálogo que tuvo con el entonces Cardenal Joseph Ratzinger en el año 2004, Jürgen Habermas reconoció que, si bien durante su vida no había tenido “oído” para lo religioso, había llegado el momento de hacer el esfuerzo en entablar un diálogo con una de las mentes mas sofisticadas de la Iglesia Católica. El motivo por el cual el teórico social mas importante de su tiempo había cambiado su postura no tenía que ver con un acercamiento personal a Dios, sino con la constatación de que las energías culturales del occidente democrático estaban desfalleciendo y algunas expresiones religiosas podían insuflar nuevos bríos al alicaído espíritu de las democracias occidentales.
El diálogo entre el llamado Panzercardinal y la principal mente de la izquierda global se apoyó en el famoso Diktum de Ernst. W. Böckenförde, que afirmaba que el orden constitucional, liberal y democrático, se sustentaba en un ethos cultural que el Estado por sí mismo no podía producir. Esa cultura, base invisible de la vida social ordenada y civilizada, le debía a las religiones mucho más de lo que la modernidad secularizada estaba dispuesta a admitir.
Poco tiempo después Ratzinger se convertiría en el papa Benedicto XVI y Habermas continuaría participando activamente en debates relacionados al lugar de la religión en la esfera pública, discutiendo con autores como Charles Taylor y Cornell West. Apenas iniciado el siglo XXI, Habermas envió una señal de alerta a toda una corriente intelectual, entre laicista y secularizante (de la cual él había sido referente durante muchos años), para que morigeraran sus prejuicios antirreligiosos y compartieran la mesa de la discusión pública con representantes de tradiciones religiosas. Pocos de los suyos lo siguieron. No fue profeta en su propia tierra intelectual.
El escenario actual es bastante diferente al imaginado a finales del siglo XX: el triunfo arrollador de la secularización que había sido profetizado por el pensamiento ilustrado de posguerra no se concretó; el laicismo francés, que se obsesionó con limitar fuertemente la influencia del cristianismo en el ámbito público, hoy no sabe qué hacer con el crecimiento irrefrenable del Islam en su propia tierra; el tan extendido consenso político con base en el liberalismo secularizado, que escindía al político católico en sus dimensiones pública y privada, se encuentra con que el papa León XIV sentencia que “No hay separación en la personalidad de una persona pública: no hay por un lado el hombre político y por otro el cristiano”; la fe débil que Vattimo había propiciado como forma contemporánea de expresión del fenómeno religioso se encontró con la alternativa del Retorno de los Dioses Fuertes. teorizada por el teólogo norteamericano R. R. Reno. No hay una vuelta a la religión porque la religión nunca se fue. En muchos ámbitos de occidente, la secularización cultural había logrado que gran parte de las elites culturales, académicas, políticas y económicas aceptaran como un hecho incontrovertido el repliegue de la religión fuera de la esfera pública, su privatización y silenciamiento. Pero siempre estuvo allí. Solo qué no la percibíamos porque, como Habermas durante la mayor parte de su vida, no teníamos la disposición sensorial y espiritual para poder percibir la dimisión religiosa presente en nuestra vida social.
En los últimos años, el vinculo entre religión y política se ha vuelto particularmente intenso. Un síntoma claro de este fenómeno es el auge de los posliberales, un conjunto de intelectuales norteamericanos, quienes explícitamente hacen visibles su inspiración en la tradición católica para intervenir en debates públicos de la cultura, la política y el derecho. Este heterogéneo conjunto de intelectuales comparte un diagnóstico epocal común: la crisis de nuestro tiempo es el resultado del triunfo del liberalismo en la cultura, la economía y la política. En la visión de estos intelectuales, el triunfo del liberalismo ha naturalizado el repliegue de la fe fuera de la esfera pública, favorecido al individualismo y generado marcadas fracturas sociales. Patrick Deneen y Adrian Vermeule muy notoriamente, acompañados (en menor medida) por teólogos como Chad Pecklod y D. C. Schindler, conforman una constelación intelectual que ha tenido un fuerte impacto en los debates académicos y la opinión pública de los Estados Unidos. El lugar del cristianismo en las teorizaciones de los posliberales, especialmente en su vertiente católica, es particularmente visible.
Hace 20 años el discurso religioso en política todavía tenía que modularse y adaptarse para intervenir en los debates públicos, a fin de no tensionar el marco cultural secular. Ratzinger requería que Habermas aceptara dialogar con él. Hoy, expresiones como los posliberales y algunas expresiones de los evangélicos apelan al discurso religioso para intervenir en la esfera pública sin pedir ni permiso ni perdón.
Contemporáneamente, las preguntas se han multiplicado. A la ya instalada ¿Cuál es el lugar de la religión en la esfera pública? se han añadido otras: ¿Cuál es el vínculo de la religión con la política hoy? y sobre todo ¿Cuál es en nuestros días la relación entre cristianismo y política? El Dossier que el lector tiene ante sí asume todas estas preguntas, pero aborda decididamente la última. Los cinco trabajos que integran este Dossier utilizan enfoques distintos y ponen los énfasis en diferentes aspectos que la pregunta evoca.
La colaboración de Carlos Hoevel, titulada “¿Qué deben o pueden hacer los cristianos en política concreta?” se centra en las diversas formas en que la fe cristiana se ha vinculado con la acción y el pensamiento político a lo largo de la historia. Hoevel recorre los fundamentos teológicos del acontecimiento de Cristo y su subversión del orden mundano, pasando por la tensión de los primeros cristianos, la configuración de la Cristiandad medieval, las rupturas de la Modernidad, la actuación de personalidades cristianas frente a la trágica experiencia de los totalitarismos del siglo XX, hasta llegar a los debates actuales de los cristianos frente a la globalización, el progresismo y las nuevas derechas.
Por su parte, el trabajo de Joaquín Migliore titulado “Catolicismo y posliberalismo”, analiza la evolución de las relaciones entre el catolicismo y la democracia desde el Concilio Vaticano II hasta la actualidad. Partiendo de la tesis de Samuel Huntington sobre la contribución del catolicismo a la «tercera ola de democratización», examina cómo el proceso de apertura de la Iglesia a la modernidad favoreció la aceptación de la doctrina de los derechos humanos y de la democracia liberal. Sitúa este proceso en el contexto de la actual ola de autocratización y explora la hipótesis de que el resurgimiento de corrientes antiliberales en el ámbito de la cultura política occidental, particularmente en los Estados Unidos, encuentran parte de su justificación intelectual en las ideas promovidas por movimientos de laicos católicos. Estos movimientos, en tensión con las orientaciones del magisterio posterior al Concilio Vaticano II, recuperan elementos de la tradición antimoderna del siglo XIX para cuestionar los fundamentos normativos de la democracia liberal.
Esteban Amador, en su texto “Orden político, secularización y Estado. el Diktum de Böckenförde a la luz de la filosofía política de Eric Voegelin”, pone en relación dos pensadores esenciales para la reflexión sobre religión y política en el siglo XXI: Ernst-Wolfang Böckenförde y Eric Voegelin. Parte de un análisis del famoso Diktum del jurista alemán, según el cual el Estado liberal secularizado vive de prerrequisitos que no puede garantizar. La dilucidación del sentido del Diktum a partir de su contextualización en los años ´60 (retomada por el mismo autor en el 2007), busca interpretarse a partir de la posición voegeliniana sobre la Modernidad y la secularización. Amador afirma que la reflexión de Voegelin sobre el orden político nos permite comprender, en el sentido böckenfördeano, trazos fundamentales de la cultura política occidental y del lugar de la religión en esa cultura.
El aporte de Andrés Di Ció, “Religión y política en Joseph Ratzinger-Benedicto XVI: un llamado al respeto y la paciencia”, aborda la cuestión de cómo Joseph Ratzinger-Benedicto XVI ha reflexionado en muchas ocasiones sobre la relación entre religión y política, mostrando la particularidad cristiana. El texto estudia cómo él entendió esa relación según la revelación que culmina en Jesucristo. Luego, en un segundo momento, muestra cómo el teólogo alemán argumentó en favor de una relación que conjugue la colaboración mutua, en un marco de justa autonomía respecto de sus ámbitos específicos.
Finalmente, la contribución de Ricardo Albelda, “La dimensión teológico-política de modelos eclesiológicos. Claves para comprender la presencia de la Iglesia Católica en la sociedad argentina contemporánea”, examina la presencia de la Iglesia en el espacio público argentino como un fenómeno complejo y persistente, que no puede explicarse solo desde lo institucional ni desde coyunturas específicas. El autor propone comprender esta relación a partir de marcos amplios que consideren las motivaciones, lógicas de acción y contextos históricos que influyen en su intervención política. El trabajo de Albelda adopta una perspectiva teológico-política, analizando distintos modelos eclesiológicos vinculados a diversas visiones cristológicas. Sostiene que la forma en que la Iglesia se configura históricamente responde tanto a condiciones socioculturales como a supuestos teológicos profundos. A través de estas distintas interpretaciones, se identifican modelos de Iglesia que orientan formas concretas de participación en la vida pública. A modo de conclusión, se destaca que estos modelos no son rígidos ni excluyentes, sino expresiones dinámicas que permiten comprender mejor las tensiones entre identidad religiosa, compromiso histórico y participación en la democracia.
Espero que las originales y profundas contribuciones que conforman este Dossier sirvan de inspiración a la reflexión sobre los modos en que el cristianismo y la política se articulan en nuestros días. Estoy convencido de que en las mediaciones e intensidades que adquiera ese vínculo se cifra gran parte de futuro de occidente.






