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Cinco siglos de historia argentina (dos de ellos como país independiente) parecen pocos si los comparamos con Grecia o Roma. Pero son suficientes para encontrar allí una gran fuente de conocimientos y de reflexiones políticas que pueden iluminar nuestro presente y nuestro futuro. Y se puede rastrear allí, quizás, alguna tradición propia de pensamiento político, si es que existe algo como tal.

Si se trata de hurgar en textos eminentemente políticos, podría ser un error reducirlos a obras fundamentales como el Facundo de Sarmiento o las Bases de Alberdi, por citar a dos de los grandes intelectuales que ha dado nuestra patria. También los hombres de acción (como bien apunta Ortega en su Mirabeau), en su incansable afán por crear cosas, cuando no pueden accionar, escriben. Tal es el caso del general don José María Paz (el “Manco” Paz) nacido en Córdoba el 9 de septiembre de 1791, muerto en Buenos Aires el 22 de octubre de 1854.

Tras haber participado en las guerras de la Independencia y del Brasil, habiéndose involucrado en las guerras civiles donde llegó a tener el dominio de unas nueve provincias, cabalgaba el Manco Paz por los límites de Córdoba y Santa Fe, en una operación de reconocimiento, cuando su caballo fue derribado por las boleadoras del enemigo: las fuerzas de don Estanislao López, gobernador de Santa Fe. Era la tarde-noche del 10 de marzo de 1831. Del apogeo a la prisión: así caía (casi ridículamente) el gran estratega militar, la gran esperanza del partido unitario, la gran amenaza para el partido federal.

Durante el octavo y último año de prisión, teniendo a la ciudad de Buenos Aires por cárcel (luego de haber estado en la Aduana de Santa Fe y en el Cabildo de Luján), el general Paz comenzó a escribir sus Memorias dedicadas a su hijo: “para su instrucción y para que conserve un recuerdo de su padre”, dice allí.

Parte de ese texto fue publicado con el título Memorias de la prisión. Buenos Aires en la época de Rosas, por la editorial Eudeba en el año 1960. De allí extraemos nuestras reflexiones, considerando que el general Paz no solo describe sus experiencias personales en la prisión, sino que también dedica varios párrafos a describir y reflexionar sobre la situación política de la época, basado en sus propias (y limitadas) observaciones y en las noticias que le transmiten sus ocasionales visitantes.

La tiranía en sus dos versiones personificadas

La tiranía como forma de gobierno y el tirano como antítesis del buen gobernante han sido objeto de estudio y de reflexión desde Heródoto hasta nuestros días. La tiranía ha sido descripta en general como la forma impura o degenerada de la monarquía, es decir, el gobierno de un solo hombre que no busca el bien de la comunidad sino su propio beneficio, detentando un poder absoluto.

La figura del tirano ha dado lugar a numerosas descripciones. Solo por citar a los clásicos de entre los clásicos, recordamos que Platón en La República afirma, entre otras cosas, que el tirano es un hombre que suscita “constantes guerras para que el pueblo sienta la necesidad de un jefe” (566e), inclinado a purgar de la ciudad a todo aquél que tenga algún mérito (567b) y a rodearse de hombre viles (567c). Aristóteles, por su parte, dice en La Política que el tirano se asemeja a la oligarquía en la búsqueda de la riqueza (para mantener su guardia y su vida lujosa) y a la democracia por la persecución contra los hombres notables de la ciudad (1311a), además de gobernar despótica y arbitrariamente. 

Para José María Paz, sus enemigos son tiranos. Estanislao López en Santa Fe y Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires merecen dicha calificación por tener un “poder absoluto” y un “poder monstruoso”, respectivamente. Pero entre uno y otro hay grandes matices. (Queda a juicio del lector si dichas calificaciones son adecuadas; no se trata aquí de revivir viejas disputas historiográficas sino de interpretar, comprender y extraer alguna enseñanza de las consideraciones de nuestro autor respecto al tema que abordamos).

A lo largo del texto, Estanislao López es quien recibe los peores calificativos por parte de Paz: es un gaucho (la palabra “gaucho” es utilizada siempre en sentido despectivo) solapado, rastrero, interesado, salvaje, materialista, taimado, taciturno, silencioso, suspicaz, penetrante, indolente, desconfiado, menguado, sin elevación, inepto, pequeño, imbécil.

De la gente de López que entró de algún modo en contacto con Paz, dice éste que, salvo alguna excepción, no ha visto “en lo general, ni un pensamiento noble, ni una idea medianamente elevada, ni un tinte de lo que se llama honor”. Y agrega: “Miserables raterías, vicios arraigados, manejos despreciables, es cuanto he visto y notado”.

En cuanto a las políticas del gobernador santafecino, el relato de Paz se centra en el salvajismo y la barbarie de estas: presos en el Cabildo que son fusilados sin defensa ni juicio previo; el “sistema montonero” con que organiza a su ejército; la entrega de armas a gauchos voluntarios para resistir las incursiones de los indios del Chaco; la política “tortuosa, maquiavélica y salvaje” que implementa con estos últimos, organizando espectáculos de pugilato entre las indias presas que servían a veces “de recreo para S. E. el Gobernador”.

Para lograr sus objetivos, dice Paz que López “ha sacrificado la riqueza, el bienestar y la no mucha civilización de ese país” (usa frecuentemente el término “país” para referirse a la provincia). En este sentido, afirma que el tirano “había sojuzgado completamente las voluntades de todas las clases de la sociedad”, asegurando que “la parte que podría clasificarse de pensadora, vegetaba, si no contenta, al menos resignada y tranquila; la plebe seguía ciegamente la impulsión que le daba López”.

Es sorprendente (y quizás representativo del tipo de liderazgo que se ejercía en aquél entonces) el modo en el que López reprime el delito, siempre según el relato de Paz. Dice así: “López tenía una sagacidad especial para discernir por conjeturas al autor o autores de un crimen que se cometía, porque conociendo personal e íntimamente a todos los gauchos como él, sabía perfectamente sus tendencias, capacidad e inclinaciones”.

Así pues, Santa Fe se convertía a los ojos de Paz en una provincia “corrompida y embrutecida”. El gaucho-tirano que la gobernó veinte años con un poder absoluto, con su “política miserable”, que no fomentaba “la industria, el comercio y los trabajos útiles”, la dejaba en un estado “de atraso, barbarie y pobreza”.

La tiranía de Rosas tiene, en cambio, otro color. El llamado Restaurador de las Leyes (no es, desde ya, el término que utiliza Paz) es capaz de cierta benevolencia hacia el encarcelado, que ha sido trasladado a su provincia, primero al Cabildo de Luján y luego a la ciudad de Buenos Aires. Rosas parece dispuesto a respetar y a ser considerado con su enemigo.

Entre otras cosas, otorga un permiso especial para que la madre de Margarita Weild (sobrina y esposa de Paz, cuyo matrimonio tuvo lugar con el general encarcelado, y con previa dispensa eclesiástica) pueda asistirla durante el parto de su segundo hijo; declara hábil al preso para ser el albacea de su madre tras la muerte de esta; y, muy relevante para esta clase de hombres, lo dispensó de participar en una ceremonia en la cual podría Rosas haberle exigido a Paz humillarse ante él. Paz le agradece a Rosas el gesto.

La benevolencia de Rosas le permitió continuar la prisión residiendo en una casa alquilada en Buenos Aires, dando previo aviso a la policía y sin poder alejarse de allí a más de una legua. Se relatan al menos tres entrevistas que tuvo Paz con Manuelita Rosas, en la que esta lo recibió con “benevolencia y delicadeza”. Y si bien hubo algunas insinuaciones de un posible e indirecto intento por parte de Rosas de atraer al Manco Paz a sus propias huestes, aquella benevolencia nunca terminó por transformarse en indulto.

Como sea, “el poder monstruoso” de Rosas, de un modo u otro, se hace sentir. Los funcionarios del gobernador en Luján consultan a aquél en casi todas las decisiones que deben tomar con respecto al preso en cuestión; o en detalles como, por ejemplo, si se da “sepultura eclesiástica” a un determinado cadáver. Pero este gran poder descansa en la complacencia de sus subordinados. “Rosas se burla de los hombres, pero los hombres le han dado lugar a ello”, dice Paz.

Un detalle no menor que destaca Paz es la valoración que hace Rosas del delito: “Bien sabido es -dice sin dudarlo- que tiene el sistemático empeño de dar a los delitos políticos un carácter más feo y atroz que a los demás crímenes que violan las leyes divinas y humanas; en su lenguaje los primeros son mucho más deshonrosos e infames que los últimos”.

En esa línea, la crueldad de Rosas aparece, según nuestro autor, luego de la conspiración del coronel Ramón Maza en junio de 1839: “La tiranía de Rosas no había echado las raíces que hemos visto después”, dice. Pero con el asesinato del conspirador y el de su padre, el “poder monstruoso” del gobernador de Buenos Aires se incrementa. Y también se incrementa el terror. Las calles de Buenos Aires se verán desiertas y habrá “semblantes de duelo y malestar”.

No obstante, tras ello, el Manco Paz logra darse a la fuga. En una rara combinación con otros opositores, se embarca una noche y, tras algunas peripecias, pasa a la Banda Oriental. El relato de la fuga es cinematográfico (una vez más, la realidad superando a la ficción). Como sea, logra escapar. El poder de Rosas es monstruoso, pero no tanto.

Si bien el general Paz parece oponer (en distintas partes de su Memoria) el gobierno libre a la tiranía, la dialéctica que aparece en primer plano es la sarmientina “civilización o barbarie”. Lo que realmente aparece como contrario a la tiranía no es una monarquía o una democracia republicana, sino la civilización, capaz incluso de atemperar a los tiranos.

En efecto, las dos versiones de la tiranía que parece concebir el general Paz están atravesadas por el factor de la civilización, y se revelan con claridad en un tramo en el cual compara a López con Rosas. Dice el Manco:

“Séame permitido hacer ahora una ligera comparación entre los dos caudillos, bajo cuya férula tuve que sufrir ocho años de prisión. El uno, Rosas, me mandó libros; el otro ni se le ocurrió que podía necesitarlos. Aquél me hace conocer francamente sus intenciones; López, taimado y taciturno, quiere que le adivinen y se irrita porque cree que no puedo comprenderlo: pues para esto hubiera sido preciso bajarse hasta donde era imposible llegar. Ambos gauchos; ambos tiranos; ambos indiferentes por las desgracias de la humanidad; pero el uno obra en grandes proporciones; el otro, limitado a una esfera tan reducida, como su educación y sus aspiraciones”.

Y más adelante agrega:

“Rosas pretende que se le tenga por hombre culto, pero haciendo ver que no son para él una traba las formas de la civilización; López se rebela contra la sociedad, siempre que se le da a entender que ha dejado de pertenecer al salvajismo. Rosas quiere el progreso a su modo, un progreso (permítaseme la expresión) haciéndonos retroceder en muchos sentidos; López nada quiere, sino el quietismo y un estado perfectamente estacionario. Rosas escribe mucho y da grande valor al trabajo de gabinete; López aparenta mayor desprecio por todo lo que es papeles, imprenta y elocuencia”.

Aparecen así, pues, dos modos de tiranía: uno bárbaro y otro medianamente civilizado. La de López parece ser una tiranía propiamente dicha, con la barbarie y el salvajismo como notas peculiares; la de Rosas, en cambio, es algo así como una tiranía atemperada. Atemperada por la civilización, o por la pretensión de serla. Pero en ambos casos, el modo depende de la persona. La tiranía depende de quién sea el tirano.

En efecto, si la tiranía es el gobierno de uno, y ese uno tiene, obviamente, una determinada personalidad (un modo particular y original de ser persona), su gobierno estará fuertemente condicionado por ella. Así pues, habría una tercera, una cuarta (y así hasta el infinito) versión de la tiranía. Lo sustancial es el hombre. En este sentido, ¿podría afirmarse algo semejante acerca de las formas de gobierno en las que intervienen unos pocos o unos muchos, es decir, que dependen de las calidades personales de los que participan en el gobierno, más allá de las formas institucionales?

El problema de la organización

Mucho se ha hablado acerca de cierta falta de capacidad de los argentinos para trabajar organizadamente. Como si hubiese en nuestra idiosincrasia (en nuestro ADN) dicha escasez. Como si el “arte de asociarse” del que habla Tocqueville en La democracia en América no fuese parte de nuestro modo de ser.

Los errores que a juicio del general Paz se cometieron para derribar la tiranía de Rosas están fuertemente marcados por esa falta de organización. En especial, por un espíritu de facción y por la falta de altruismo que impidió, entre otras cosas, organizar una conspiración exitosa.

En varias oportunidades se queja el Manco Paz de la incomprensión, del espíritu de facción y de la injusticia para con él de sus colegas del partido unitario: “los sectarios de la unidad -dice irónicamente (la cursiva es del original)- en cuyo bando estaba inscripto y por el que había hecho tantos servicios y sacrificios”.

Paz se atribuye poseer un sentimiento de equidad y de justicia aun con sus enemigos, que contrasta con “las ambiciones, los odios, las venganzas, la codicia y otras pasiones”, tanto de los propios como de los adversarios. Y también opone su capacidad de organización y disciplina militar (que según él le valieron numerosas críticas) con la desorganización y el relajamiento experimentado en diversas empresas frustradas. En este sentido, se queja diciendo: “¿dónde es más rigurosa la disciplina militar que en los pueblos donde las instituciones liberales están bien basadas y han dejado de ser una mentira?”, citando los ejemplos de Inglaterra y Estados Unidos.

El fracaso de la conspiración del coronel Maza es atribuida por Paz a las vacilaciones, a la falta de planificación y de sentido de oportunidad, a la desconfianza de Maza con respecto a los apoyos que recibía. Según Paz, de resultar exitoso, no quería el coronel ser “un instrumento de las facciones, empeño siempre constante de esa clase de asociaciones que han sumido al país en un abismo”. A ello agrega “la falta de combinación, que fue fatal” con las fuerzas del general Lavalle, el otro conspirador.

El posterior fracaso de Lavalle también es atribuido por Paz a la desorganización: “esta vez faltó también combinación”, dice, al no dirigirse directamente a Buenos Aires para unirse al movimiento de los Libres del Sur, encabezado por Pedro Castelli, meses después de aquel intento de Maza.

Tras su fuga, establecido temporariamente en Colonia, observa y se contacta con exiliados que provenían de Montevideo para unirse a las fuerzas de Lavalle, entre ellos don Valentín Alsina. Aquí también advierte Paz la falta de organización y rigurosidad, como la inconveniencia de incorporar al ejército a jóvenes entusiastas sin disciplina militar. Esta observación da lugar a una interesante reflexión de Paz con respecto a la relación entre el poder militar y la política. “Esta alternada fluctuación de los militares a los gauchos y de los gauchos a los militares, ha causado la mayor parte de las desgracias públicas”, concluye.

Si la historia es “aviso y ejemplo del presente y advertencia del porvenir”, como dice Cervantes en el Quijote, nótese estos antecedentes (entre tantísimos otros) de incapacidad para la asociación y la organización, con el espíritu de facción y “las ambiciones, los odios, las venganzas, la codicia y otras pasiones”, que llevan al fracaso a las empresas en común. Quizás faltó (esto no lo dice Paz) algún liderazgo o conducción política capaz de organizar la empresa y administrar (en el sentido amplio de la palabra) aquellas pasiones y aquel espíritu de facción. Desaciertos del pasado que podrían ser parte del aprendizaje para el presente y el porvenir.

El factor religioso (y un guiño al humanismo cristiano)

Durante la última etapa del dominio español y a lo largo del siglo XIX ingresaron al país, por así decir, corrientes filosóficas e ideológicas de diverso contenido y procedencia. El racionalismo, el iluminismo y el romanticismo, entre otras, confrontaron y a veces intentaron armonizarse de algún modo con el catolicismo que España trajo a América. Pero los “grandes y pequeños hombres del Plata” (le tomamos prestada a Alberdi esta expresión) eran en su gran mayoría, sino todos, católicos. A su manera y en distinto grado, si se puede decir así.

No se trata solo de consagrar el ejército al cuidado de la Virgen de la Merced como hizo Belgrano, o de promover la devoción a la Virgen del Carmen (con escapularios incluidos) como hizo San Martín. La conducta misma de aquellos hombres, más o menos fieles a sus creencias, estuvo en alguna medida influenciada por la religión. A pesar de (o conviviendo con) sus intereses, sus pasiones y sus fragilidades.

En nuestro artículo sobre Saavedra, mencionamos que, tras relatar su odisea como perseguido político, terminó perdonando a todos sus enemigos: “porque así me lo manda la santa religión que profeso”, decía don Cornelio. En este caso, el general Paz advierte que esta Memoria, que había comenzado a escribirla en el octavo año de su prisión, era continuada y terminada en junio de 1848, cerca del fin de sus días, donde expresa algunas convicciones religiosas.

Cuenta el impacto que le produjo la lectura de Mis prisiones, de Silvio Pellico (texto que relata la prisión del autor entre 1820 y 1830, acusado de conspirar con los carbonarios italianos contra la monarquía austríaca), “cuya dulzura, resignación y caridad cristiana -dice Paz- estoy muy lejos de poseer. Admiro con toda la fuerza de mi alma sus sublimes virtudes, pero no a todos es dado el practicarlas. Sin embargo, espero que Dios me perdonará y tendrá piedad de mi”.

Y luego agrega: “No obstante, debo decir, que en el terrible trabajo que me ha oprimido sólo he hallado consuelos en los principios religiosos, y en el testimonio de mi conciencia; sólo allí he encontrado fuerzas para sobrellevarlo”. Y termina más adelante con esto: “No me resta sino admirar la Providencia, que me ha conservado al través de tantos y tamaños peligros, y respetar sus altos e impenetrables juicios”.

Por otra parte, en aquel relato del salvajismo y de la barbarie con los cuales López y sus hombres habrían gobernado la provincia, aparece una de las excepciones que el autor rescata. Se trata de uno de sus carceleros en la Aduana de Santa Fe: el teniente Oroño, muerto por los indios en una incursión del año 1834, a la que fue enviado luego de estar a cargo del cuidado del general Paz.

Dice Paz que Oroño era jefe de la Aduana pero que “desempeñaba a la vez los deberes de mayor de plaza, comandante de armas, jefe de policía, oficial de guardia, guarda almacén, carcelero, etc.”. Destaca Paz que Oroño no lo trataba con la crueldad de otros. Y lo describe así: “No se movía de la Aduana sino los domingos que ensillaba por la mañana su caballo para ir a misa. Era sumamente ignorante, pero de buen corazón y humano. Le merecí atención y buenos modos; le conservo reconocimiento”.

A pesar de estos pocos datos, no es aventurado imaginar en Oroño a un hombre recto, obediente, que cumple paciente y diligentemente sus múltiples deberes, que solo abandona su lugar de trabajo para ir a la iglesia. No es aventurado imaginar que su ignorancia y su potencial crueldad son atemperadas, y su conducta humanizada, por su creencia religiosa. Hay aquí, nos parece, un guiño al humanismo cristiano que practicaron algunos de estos grandes y pequeños hombres del Plata. Su impacto en la vida social y política del país no se puede medir ni cuantificar.

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