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Lisi Trejo (comp.), Ensayos sobre democracia. Homenaje a Carlos Strasser, Buenos Aires, Editores del Sur, 2023, 218 págs.

Carlos Strasser ha sido y es uno de los grandes protagonistas de la ciencia política argentina. En su extensa carrera ha participado de múltiples maneras en su consolidación y difusión, tanto a través de la conformación de espacios institucionales (universidades, centros de estudio e investigación), como desde la docencia y su propia producción científica, que incluye un amplio número de libros y artículos. En este libro colectivo en su honor, exalumnos y colegas proponen una serie de reflexiones acerca de la democracia, la que fuera el objeto predilecto de su labor teórica. Así, desde perspectivas y posiciones a veces muy dispares, todos ellos buscan valorar, repensar y continuar el legado de este célebre intelectual.

Lisi Trejo, compiladora del volumen, escribe la introducción y el primer capítulo del libro. Éste es el más extenso y el único dedicado entera y principalmente a exponer y reflexionar acerca de la teoría de Strasser, lo cual constituye un aporte muy bienvenido para el lector poco familiarizado con la obra del intelectual homenajeado. Para ello, la autora selecciona y desarrolla tres aspectos cruciales de su pensamiento: la definición de la democracia como un régimen propiamente político, antes que pura o centralmente social; la identificación de tres tradiciones teórico-prácticas que confluyen en la conformación de las democracias contemporáneas (democratismo, republicanismo y liberalismo); y la relevancia de atender al contexto social que funciona como condición de posibilidad de la democracia y que, por ello mismo, debe buscar reducir la incidencia de la desigualdad, la pobreza y la exclusión social, entendidas como amenazas a la continuidad de dicho régimen.

La exposición es clara y ordenada, y tiene el mérito de ofrecer una visión panorámica del núcleo del pensamiento de Carlos Strasser. En este sentido, no sólo permite comprenderlo mejor, sino que al mismo tiempo pone en evidencia su actualidad y relevancia en un momento en que las discusiones acerca de la naturaleza de la democracia y las estrategias que se deban adoptar para sostenerla y profundizarla distan de estar zanjadas. Dicho eso, se extraña alguna apreciación crítica de la teoría presentada, identificando sus tensiones internas, incoherencias o insuficiencias —aunque, quizá, esto no sería lo apropiado en un libro en su homenaje—. Por ejemplo, en esta caracterización las tradiciones republicana y democrática parecen corresponderse y complementarse casi perfectamente con la democracia y entre sí, cuando abundante literatura filosófico política contemporánea se nutre precisamente de los desajustes y contradicciones que de hecho existen entre dichas corrientes. O, por mencionar otro caso, se afirma que Strasser reconoce que la democracia necesita reducir la desigualdad y pobreza para realizarse más plenamente, pero al mismo tiempo que ha convivido largamente con ella, lo cual deja sin explicación qué habría causado dicho desajuste y cómo se lo podría revertir, si en todo este tiempo la democracia no parece haberlo logrado. Desde luego, estas tensiones serían tal vez atribuibles a la misma propuesta strasseriana y abren el camino a su cuestionamiento, complementación y extensión. En todo caso, el capítulo es una atractiva invitación a que el lector profundice en la teoría del homenajeado, en el curso de lo cual hallará seguramente mucho de valor y podrá formular su propia apreciación.

Le siguen dos capítulos que, aunque distintos entre sí, pueden considerarse más vinculados de lo que a primera vista parecería —y, probablemente, más allá de lo que sus autores pretendieran—. Así, ambos comparten un registro de reflexión filosófica o teórica y se los puede entender como estableciendo un diálogo en torno a los alcances y limitaciones de la democracia representativa. El segundo, a cargo de Roberto Gargarella (y que resume parte de su reciente libro, La derrota del derecho en América Latina. Siete tesis), sostiene como su argumento central que el sistema representativo y de división de poderes americano ha llegado a un estado de crisis irreversible. Esta situación se debe a dos presunciones fallidas sobre las cuales fue construido en su momento, sobre todo por los actores teóricos y prácticos norteamericanos: primero, una mala sociología política, según la cual la sociedad está dividida en una cantidad relativamente reducida de grupos o facciones internamente homogéneos, cada uno de los cuales tendría una voz política en los órganos representativos; segundo, un esquema de controles internos o endógenos entre los poderes estatales, que descansa sobre el autointerés de los agentes involucrados. El autor defiende la tesis de que ambos supuestos se han visto desmentidos o superados en las sociedades contemporáneas, entre otros motivos, por la creciente y profunda complejización social y fragmentación de las identidades, así como por la conformación de élites políticas profesionales distantes de los representados y que, por lo demás, no tienen como objetivo institucional reflejar la voluntad mayoritaria.

Por su parte, en el tercer capítulo Enrique Aguilar, a través de un análisis de la obra de Benjamin Constant, muestra las razones por las cuales éste consideraba el modelo representativo como necesario e inevitable en la actualidad. Sin embargo, también destaca cómo Constant era claramente consciente de sus deficiencias, como ser la potencial ilimitación del poder, incluso a pesar de su separación en departamentos, o también la conformación de un grupo de representantes con intereses de cuerpo distintos de los de sus representados. Ante estas amenazas, enfatizaba el papel crucial de una opinión pública atenta e involucrada en materia política, junto a la práctica de la deliberación entre los representantes (por oposición a la imagen de una espontánea identificación de éstos con la voluntad general, como imaginara en algún momento Sieyés).

Aquí es donde las dos contribuciones precedentes pueden ponerse en discusión. Donde Gargarella sostiene que el sistema de representación vigente es incapaz de traducir satisfactoriamente la pluralidad de intereses e identidades presentes en la sociedad civil, el llamado de Aguilar (vía Constant) a que los representantes deliberen siempre atendiendo a los intereses particulares o locales —aunque en el curso del debate se los compare, depure y enmiende— puede ser visto como una forma de responder al mismo desafío “desde dentro” del sistema, sin impugnarlo radicalmente. Donde Gargarella denuncia cómo el régimen actual subestima y constriñe la voluntad mayoritaria, pilar indiscutido de la legitimidad democrática, Aguilar recuerda los límites que tanto como minorías como mayorías deben respetar. No obstante, a pesar de estos desacuerdos y diferencias de énfasis, esta reflexión a dos tiempos en torno a las posibilidades e insuficiencias de la democracia representativa concluye con una nota de acuerdo, en cuanto ambos académicos rescatan en sus respectivos textos la importancia insoslayable de la libertad política y la participación activa.

En el cuarto capítulo del libro, Jorge Bercholc retoma el planteo del capítulo 1 y la teoría de Strasser de manera más directa. Su preocupación consiste en ofrecer una definición de democracia metodológicamente rigurosa y empíricamente mensurable, frente a la enorme dispersión semiótica que este término (con sus abundantes adjetivaciones) padece. Esta empresa comparte las mismas fortalezas y debilidades de todo el enfoque epistemológico que define a las ciencias sociales en términos de un método descriptivo y empírico axiológicamente neutral. Por ejemplo, el estudio aborda la cuestión de la legitimidad del régimen democrático excluyendo el recurso a valores, para lo cual se utiliza como criterio de la eficacia democrática (y de su aceptación por parte de los ciudadanos) la “utilidad” del régimen, esto es, su capacidad para resolver problemas o satisfacer demandas. Pero esto mismo ya presupone (cuestionablemente, se podría decir desde perspectivas teóricas distintas) que a las personas única o principalmente las motiva la satisfacción de demandas materiales autointeresadas, antes que la satisfacción de valores —o, incluso, que la definición misma de las demandas fundamentales sea mayormente independiente de criterios valorativos—.

En todo caso, el autor desagrega el concepto de democracia en diferentes niveles de legitimación, en interacción entre sí, pero susceptibles de ser analizados por separado. Estas son: el Estado, el régimen político[1], el gobierno, la clase política y la sociedad. Luego, en una segunda sección del texto se abordan los fenómenos contemporáneos de la estatificación social por estatus ocupacional (que produce una masa de personas excluidas socioeconómicamente, difícilmente reinsertables y políticamente no representados), pero también a la intensa fragmentación y pluralización de las demandas políticas entre aquellos que sí se encuentran integrados y representados, que no son contenidas o canalizadas suficientemente por el sistema institucional. En el curso del trabajo se pueden apreciar puntos de contacto con el diagnóstico que emergía en capítulos anteriores, como sucede con el reconocimiento de la crisis de representación, que el autor no plantea como constitutiva e irreversible, aunque sí da cuenta de su gravedad. En todo caso, queda clara la inspiración strasseriana de la investigación y el modo en que ésta profundiza y continúa las intuiciones del intelectual homenajeado.

El quinto capítulo del libro está a cargo de Andrés Rosler, quien busca reivindicar la relevancia de la obra de Carl Schmitt para la democracia liberal contemporánea. Lo hace a través de su comparación con el teórico judeo-alemán Karl Loewenstein, quien acuñara la noción de “democracia militante” e incluso promoviera el enjuiciamiento a Schmitt en la inmediata posguerra. El argumento de Rosler consiste en que, a pesar de las aparentes diferencias, sus respectivas posiciones teóricas terminan por coincidir, al menos en el siguiente punto: la constitución (democrática, agregaría Loewenstein) debe ser capaz de suspender sus propias garantías (o, lo que es lo mismo, suspenderse a sí misma) para hacer frente a quienes desean destruirla. El caso paradigmático aquí es, previsiblemente, el del nazismo.

El texto combina el análisis textual con el biográfico —un tanto paradójicamente, dado que concluye con un llamado a separar la teoría de la vida del controvertido pensador alemán— con el doble objetivo de mostrar la aplicabilidad de la teoría schmittiana a la democracia y mostrar que el compromiso personal de Schmitt con el nazismo fue menor del que se le suele atribuir. Quizá este abordaje dual no surte todo el efecto deseado y deja a la vista algunas tensiones. Por ejemplo, dos páginas después de notar cómo el propio Schmitt contribuyó a diseñar el plan de declarar ilegal al partido nacionalsocialista en 1932 y desactivarlo por la fuerza militar, previo a su ascenso definitivo, Rosler afirma que de la noción del concepto de lo político del autor se deduce normativamente la obligación de no criminalizar al enemigo político. En todo caso, el capítulo deja sobradamente demostrado que la obra de Schmitt es digna de continuado análisis y consideración en la teoría política contemporánea, sea por lo que se acepte de ella como por lo que se rechace.

A este aporte le sigue, en un formato un tanto diferente al del resto de la obra, una entrevista de Lisi Trejo a Agustín Salvia. En su carácter de director del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA), en el marco de la Universidad Católica Argentina, Salvia se concentra en desarrollar las nociones de pobreza, exclusión social y desigualdad, que, como se vio en los capítulos 1 y 4, ocupan un lugar destacado en la teoría de Strasser entre las condiciones sociales de posibilidad de la democracia y le presentan desafíos. En el curso de la entrevista se ofrecen precisiones sobre la conceptualización, medición y situación actual del país en esta materia, sumando relevantes pautas y recomendaciones para enfrentar la preocupante situación presente y futura.

Finalmente, la obra concluye con un epílogo de Guillermo Jensen, quien adelanta unas breves pero agudas reflexiones en base a algunos de los temas discutidos en el libro. El autor las esquematiza asociándolas al pasado, presente y futuro de la democracia. En primer lugar, llama a aceptar que la democracia contemporánea es inevitablemente representativa; es necesario reconocer sus insuficiencias y concentrarse en atacar sus problemas más inmediatos, en lugar de actuar en función de una noción ilusoria de lo que una democracia participativa directa podría ser. Esta advertencia, plenamente en línea con el planteo de Strasser, será bien recibida por algunos, aunque ciertamente cuestionada por quienes, como Gargarella, apuestan a variantes alternativas que permiten institucionalizar y practicar modos más satisfactorios de democracia.

En segundo lugar, Jensen advierte acerca del peligro actual de la erosión democrática, ocasionado por múltiples factores, entre los que destacan los liderazgos populistas, la fragmentación y complejización social, y los condicionamientos económicos globales sobre los Estados. También en este caso la conexión es clara, tanto con la teoría de Strasser como con los aportes de los demás colaboradores en el volumen colectivo. En todos ellos sobrevuela, de un modo u otro, la consciencia de que la democracia se encuentra en este momento enfrentada a amenazas preocupantes y cuestionada por muchos motivos. Pero este diagnóstico compartido no resulta, cierto es, en una respuesta única. Así, el epílogo (y el libro) cierra con una nota esperanzadora, junto a la predicción de que el futuro de la democracia estará marcado por una revalorización del Estado de Derecho, el cual necesariamente deberá combinarse con una recuperación del elemento democratista, no siempre suficientemente reconocido. Independientemente de que el lector comparta o no esta última línea de recomendaciones, sin duda encontrará en esta obra colectiva una colección de discusiones estimulantes en torno a la democracia actual. El gran valor del pensamiento de Carlos Strasser, más allá de sus notables aportes teóricos personales, se ve indudablemente aumentado por el mérito de haber suscitado entre los colaboradores del presente libro (y entre tantos otros que han entrado en contacto con él) las preguntas (y algunas pistas acerca de las respuestas) sobre un tema tan vital para nuestra sociedad.


[1] El listado de recomendaciones prescriptivas que el autor ofrece en este apartado evidencia, significativamente, el carácter inevitablemente normativo de la reflexión, pese a la declaración explícita en contrario.

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